domingo, 4 de noviembre de 2012

El aventurero.


No consiste la fuerza en echar por tierra al enemigo, sino en domar la propia cólera, dice una máxima oriental.
No abuses de la victoria, añade un libro de nuestra religión.
Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto estuviere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios son todos iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia, aconsejó, en fin, don Quijote a Sancho Panza.
Para dar realce a todas estas elevadísimas doctrinas, y cediendo también a un espíritu de equidad, nosotros, que nos complacemos frecuentemente en referir y celebrar los actos heroicos de los españoles durante la Guerra de la Independencia, y en condenar y maldecir la perfidia y crueldad de los invasores, vamos a narrar hoy un hecho que, sin entibiar en el corazón el amor a la patria, fortifica otro sentimiento no menos sublime y profundamente cristiano: el amor a nuestro prójimo; sentimiento que, si por congénita desventura de la humana especie, ha de transigir con la dura ley de la guerra, puede y debe resplandecer cuando el enemigo está humillado.
El hecho fue el siguiente, según me lo han contado personas dignas de entera fe que intervinieron en él muy de cerca y que todavía andan por el mundo. Oíd sus palabras textuales
-Buenos días, abuelo... -dije yoooo.
-Dios guarde a usted, señorito... -dijo
-¡Muy solo va usted por estos caminos!...
-Sí, señor. Vengo de las minas de Linares, donde he estado trabajando algunos meses, y voy a Gádor a ver a mi familia. ¿Usted irá...?
-Voy a Almería..., y me he adelantado un poco a la galera, porque me gusta disfrutar de estas hermosas mañanas de abril. Pero, si no me engaño, usted rezaba cuando yo llegué... Puede usted continuar. Yo seguiré leyendo entre tanto, supuesto que la galera anda tan lentamente que le permite a uno estudiar en mitad de los caminos.
-¡Vamos! Ese libro es alguna historia... Y ¿quién le ha dicho a usted que yo rezaba?
-¡Toma! maraco ¡Yo, que le he visto a usted quitarse el sombrero y santiguarse!
-Pues, ¡qué demonio!, hombre... ¿Por qué he de negarlo? Rezando iba... ¡Cada uno tiene sus cuentas con Dios!
-Es mucha verdad.
-¿Piensa usted andar largo?
-¿Yo? Hasta la venta...
-En este caso, eche usted por esa vereda y cortaremos camino.
-Con mucho gusto. Esa cañada me parece deliciosa. Bajemos a ella.
Y, siguiendo al viejo, cerré el libro, dejé el camino y descendí a un pintoresco barranco.
Las verdes tintas y diafanidad del lejano horizonte, así como la inclinación de la montañas, indicaban ya la proximidad del Mediterráneo.
Anduvimos en silencio unos minutos, hasta que el minero se paró de pronto.
-¡Cabales! -exclamó.
Y volvió a quitarse el sombrero y a santiguarse.
Estábamos bajo unas higueras cubiertas ya de hojas, y a la orilla de un pequeño torrente.
-¡A ver, abuelito!... -dije, sentándome sobre la hierba-. Cuénteme usted lo que ha pasado aquí.
-¡Cómo! ¿Usted sabe? -replicó él, estremeciéndose.
-Yo no sé más... -añadí con suma calma-, sino que aquí ha muerto un hombre... ¡Y de mala muerte, por más señas!
-¡No se equivoca usted, señorito! ¡No se equivoca usted! Pero ¿quién le ha dicho?...
-Me lo dicen sus oraciones de usted.
-¡Es mucha verdad! Por eso rezaba.
Yo miré tenazmente la fisonomía del minero, y comprendí que había sido siempre hombre honrado. Casi lloraba, y su rezo era tranquilo y dulce.
-Siéntese usted aquí, amigo mío...-le dije, alargándole un cigarro de papel.
-Pues verá usted, señorito... -Vaya, ¡muchas gracias! ¡Delgadillo es!...
-Reúna usted dos y resultará uno doble de grueso -añadí, dándole otro cigarro.
-¡Dios se lo pague a usted! Pues, señor... -dijo el viejo, sentándose a mi lado-, hace cuarenta y cinco años que una mañana muy parecida a ésta pasaba yo casi a esta hora por este mismo sitio...
-¡Cuarenta y cinco años! -medité yo.
Y la melancolía del tiempo cayó sobre mi alma. ¿Dónde estaban las flores de aquellas cuarenta y cinco primaveras? ¡Sobre la frente del anciano blanqueaba la nieve de setenta inviernos!
Viendo él que yo no decía nada, echó unas yescas, encendió el cigarro, y continuó de este modo:
-¡Flojillo es! Pues, señor, el día que le digo a usted venía yo de Gergal con una carga de barrilla y al llegar al punto en que hemos dejado el camino para tomar esta vereda me encontré con dos soldados españoles que llevaban prisionero a un polaco. En aquel entonces era cuando estaban aquí los primeros franceses, no los del año 23, sino los otros...
-¡Ya comprendo! Usted habla de la Guerra de la Independencia.
-¡Hombre! ¡Pues entonces no había usted nacido!
-¡Ya lo creo!
-¡Ah, sí! Estará apuntado en ese libro que venía usted leyendo. Pero, ¡ca!, lo mejor de estas guerras no lo rezan los libros. Ahí ponen lo que más acomoda..., y la gente se lo cree a puño cerrado. ¡Ya se ve! ¡Es necesario tener tres duros y medio de vida, como yo los tendré en el mes de San Juan, para saber más de cuatro cosas! En fin, el polaco aquél servía a las órdenes de Napoleón..., del bribonazo que murió ya... Porque ahora dice el señor cura que hay otro... Pero yo creo que ése no vendrá por estas tierras... ¿Qué le parece a usted, señorito?
-¿Qué quiere usted que yo le diga?
-¡Es verdad! Su merced no habrá estudiado todavía de estas cosas... ¡Oh! El señor cura, que es un sujeto muy instruido, sabe cuándo se acabarán los mamelucos de Oriente y vendrán a Gádor los rusos y moscovitas a quitar la Constitución... ¡Pero entonces ya me habré yo muerto!... Conque vuelvo a la historia de mi polaco.
El pobre hombre se había quedado enfermo en Fiñana, mientras que sus compañeros fugitivos se replegaban hacia Almería. Tenía calenturas, según supe más tarde... Una vieja lo cuidaba por caridad, sin reparar que era un enemigo... (¡Muchos años de gloria llevará ya la viejecita por aquella buena acción!), y a pesar de que aquello la comprometía, guardábalo escondido en su cueva, cerca de la Alcazaba...
Allí fue donde la noche antes dos soldados españoles que iban a reunirse a su batallón, y que por casualidad entraron a encender un cigarro en el candil de aquella solitaria vivienda, descubrieron al pobre polaco, el cual, echado en un rincón, profería palabras de su idioma en el delirio de la calentura.
-¡Presentémoslo a nuestro jefe! -se dijeron los españoles-. Este bribón será fusilado mañana, y nosotros alcanzaremos un empleo.
Iwa, que así se llamaba el polaco, según me contó luego la viejecita, llevaba ya seis meses de tercianas, y estaba muy débil, muy delgado, casi hético.
La buena mujer lloró y suplicó, protestando que el extranjero no podía ponerse en camino sin caer muerto a la media hora...
Pero sólo consiguió ser apaleada, por su falta de «patriotismo». ¡Todavía no se me ha olvidado esta palabra, que antes no había oído pronunciar nunca!
En cuanto al polaco, figuraos cómo miraría aquella escena. Estaba postrado por la fiebre, y algunas palabras sueltas que salían de sus labios, medio polacas, medio españolas, hacían reír a los dos militares.
-¡Cállate, didón, perro, gabacho! -le decían.
Y a fuerza de golpes lo sacaron del lecho.
Para no cansar a usted, señorito: en aquella disposición, medio desnudo, hambriento..., bamboleándose, muriéndose..., ¡anduvo el infeliz cinco leguas! ¡Cinco leguas, señor!... ¿Sabe usted los pasos que tienen cinco leguas? Pues es desde Fiñana hasta aquí... ¡Y a pie!... ¡Descalzo!... ¡Figúrese usted!... ¡Un hombre fino, un joven hermoso y blanco como una mujer, un enfermo, después de seis meses de tercianas!... ¡Y con la terciana en aquel momento mismo!...
-¿Cómo pudo resistir?
-¡Ah! ¡No resistió!...
-Pero ¿cómo anduvo cinco leguas?
-¡Toma! ¡A fuerza de bayonetazos!
-Prosiga usted, abuelo... Prosiga usted.
-Yo venía por este barranco, como tengo de costumbre, para ahorrar terreno, y ellos iban por allá arriba, por el camino. Detúveme, pues, aquí mismo, a fin de observar el remate de aquella escena, mientras picaba un cigarro negro que me habían dado en las minas...
Iwa jadeaba como un perro próximo a rabiar... Venía con la cabeza descubierta, amarillo como un desenterrado, con dos rosetas encarnadas en lo alto de las mejillas y con los ojos llameantes, pero caídos... ¡hecho, en fin, un Cristo en la calle de la Amargura!...
-¡Mí querer morir! ¡Matar a mí por Dios! -balbuceaba el extranjero con las manos cruzadas.
Los españoles se reían de aquellos disparates, y le llamaban franchute, didón y otras cosas.
Dobláronse al fin las piernas de Iwa, y cayó redondo al suelo.
Yo respiré, porque creí que el pobre había dado el alma a Dios.
Pero un pinchazo que recibió en un hombro le hizo erguirse de nuevo.
Entonces se acercó a este barranco para precipitarse y morir...
Al impedirlo los soldados, pues no les acomodaba que muriera su prisionero, me vieron aquí con mi mulo, que, como he dicho, estaba cargado de barrilla.
-¡Eh, camarada! -me dijeron, apuntándome con los fusiles-. ¡Suba usted ese mulo!
Yo obedecí sin rechistar, creyendo hacer un favor al extranjero.
-¿Dónde va usted? -me preguntaron cuando hube subido.
-Voy a Almería -les respondí-. ¡Y eso que ustedes están haciendo es una inhumanidad!
-¡Fuera sermones! -gritó uno de los verdugos.
-¡Un arriero afrancesado! -dijo el otro.
-¡Charla mucho... y verás lo que te sucede!
La culata de un fusil cayó sobre mi pecho...
¡Era la primera vez que me pegaba un hombre, además de mi padre!
-¡No irritar! ¡No incomodar! -exclamó el polaco, asiéndose a mis pies, pues había caído de nuevo en tierra.
-¡Descarga la barrilla! -me dijeron los soldados.
-¿Para qué?
-Para montar en el mulo a este judío.
-Eso es otra cosa... Lo haré con mucho gusto -dije, y me puse a descargar.
-¡No!... ¡No!... ¡No!... exclamó Iwa-. ¡Tú dejar que me maten!
-¡Yo no quiero que te maten, desgraciado! -exclamé, estrechando las ardientes manos del joven.
-¡Pero mí sí querer! ¡Matar tú a mí por Dios!...
-¿Quieres que yo te mate?
-¡Sí..., sí..., hombre bueno! ¡Sufrir mucho!
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Volvíme a los soldados, y les dije con tono de voz que hubiera conmovido a una piedra:
-¡Españoles, compatriotas, hermanos! Otro español, que ama tanto como el que más a nuestra patria, es quien os suplica... ¡Dejadme solo con este hombre!
-¡No digo que es afrancesado! -exclamó uno de ellos.
-¡Arriero del diablo -dijo el otro-, cuidado con lo que dices! ¡Mira que te rompo la crisma!
-¡Militar de los demonios -contesté con la misma fuerza-, yo no temo a la muerte! ¡Sois dos infames sin corazón! Sois dos hombres fuertes y armados contra un moribundo inerme... ¡Sois unos cobardes! Dadme uno de esos fusiles y pelearé con vosotros hasta mataros o morir..., pero dejad a este pobre enfermo, que no puede defenderse. ¡Ay! -continué, viendo que uno de aquellos tigres se ruborizaba-, si, como yo, tuvieseis hijos; si pensarais que tal vez mañana se verán en la tierra de este infeliz, en la misma situación que él, solos, moribundos, lejos de sus padres; si reflexionarais en que este polaco no sabe siquiera lo que hace en España, en que será un quinto robado a su familia para servir a la ambición de un rey..., ¡qué diablo!, vosotros lo perdonaríais... ¡Sí, porque vosotros sois hombres antes que españoles, y este polaco es un hombre, un hermano vuestro! ¿Qué ganará España con la muerte de un tercianario? ¡Batíos hasta morir con todos los granaderos de Napoleón; pero que sea en el campo de batalla! Y perdonad al débil; ¡sed generosos con el vencido; sed cristianos, no seáis verdugos!
-¡Basta de letanías! -dijo el que siempre había llevado la iniciativa de la crueldad, el que hacía andar a Iwa a fuerza de bayonetazos, el que quería comprar un empleo al precio de su cadáver.
-Compañero, ¿qué hacemos? -preguntó el otro, medio conmovido con mis palabras.
-¡Es muy sencillo! -repuso el primero-. ¡Mira!
Y sin darme tiempo, no digo de evitar, sino de prever sus movimientos, descerrajó un tiro sobre el corazón del polaco.
Iwa me miró con ternura, no sé si antes o después de morir.
Aquella mirada me prometió el cielo, donde acaso estaba ya el mártir.
En seguida los soldados me dieron una paliza con las baquetas de los fusiles.
El que había matado al extranjero le cortó una oreja, que guardó en el bolsillo.
¡Era la credencial del empleo que deseaba!
Después desnudó a Iwa, y le robó... hasta cierto medallón (con un retrato de mujer o de santa) que llevaba al cuello.
Entonces se alejaron hacia Almería.
Yo enterré a Iwa en este barranco..., ahí..., donde está usted sentado..., y me volví a Gérgal, porque conocí que estaba malo.
Y en efecto, aquel lance me costó una terrible enfermedad, que me puso a las puertas de la muerte.
-¿Y no volvió usted a ver a aquellos soldados? ¿No sabe usted cómo se llamaban?
-No, señor; pero por las señas que me dio más tarde la viejecita que cuidó al polaco supe que uno de los dos españoles tenía el apodo de Risas, y que aquél era justamente el que había matado y robado al pobre extranjero...
En esto nos alcanzó la galera: el viejo y yo subimos al camino, nos apretamos la mano y nos despedimos muy contentos el uno del otro.
¡Habíamos llorado juntos!
Tres noches después tomábamos café varios amigos en el precioso casino de Almería.
Cerca de nosotros, y alrededor de otra mesa, se hallaban dos viejos militares retirados, comandante el uno y coronel el otro, según dijo alguno que los conocía.
A pesar nuestro, oíamos su conversación, pues hablaban tan alto como suelen los que han mandado mucho.
De pronto hirió mis oídos y llamó mi atención esta frase del coronel:
-El pobre Risas...
-¡Risas! -exclamé para mí.
Y me puse a escuchar de intento.
-El pobre Risas... -decía el coronel- fue hecho prisionero por los franceses cuando tomaron a Málaga y de depósito en depósito, fue a parar nada menos que a Suecia, donde yo estaba también cautivo, como todos los que no pudimos escaparnos con el Marqués de la Romana. Allí lo conocí, porque intimó con Juan, mi asistente de toda la vida, o de toda mi carrera; y cuando Napoleón tuvo la crueldad de llevar a Rusia, formando parte de su Grande Ejército, a todos los españoles que estábamos prisioneros en su poder, tomé de ordenanza a Risas. Entonces me enteré de que tenía un miedo cerval a los polacos, o un terror supersticioso a Polonia, pues no hacía más que preguntarnos a Juan y a mí «si tendríamos que pasar por aquella tierra para ir a Rusia», estremeciéndose a la idea de que tal llegase a acontecer. Indudablemente, a aquel hombre, cuya cabeza no estaba muy firme, por lo mucho que había abusado de las bebidas espirituosas, pero que en lo demás era un buen soldado y un mediano cocinero, le había ocurrido algo grave con algún polaco, ora en la guerra de España, ora en su larga peregrinación por otras naciones. Llegados a Varsovia, donde nos detuvimos algunos días, Risas se puso gravemente enfermo, de fiebre cerebral, por resultas del terror pánico que le había acometido desde que entramos en tierra polonesa, y yo, que le tenía ya cierto cariño, no quise dejarlo allí solo cuando recibimos la orden de marcha, sino que conseguí de mis jefes que Juan se quedase en Varsovia cuidándolo, sin perjuicio de que, resuelta aquella crisis de un modo o de otro, saliese luego en mi busca con algún convoy de equipajes y víveres, de los muchos que seguirían a la nube de gente en que mi regimiento figuraba a vanguardia. ¡Cuál fue, pues, mi sorpresa cuando el mismo día que nos pusimos en camino, y a las pocas horas de haber echado a andar, se me presentó mi antiguo asistente, lleno de terror, y me dijo lo que acababa de suceder con el pobre Risas! ¡Dígole a usted que el caso es de lo más singular y estupendo que haya ocurrido nunca! Oígame y verá si hay o no motivo para que yo haya olvidado esta historia en cuarenta y dos años. Juan había buscado un buen alojamiento para cuidar a Risas en casa de cierta labradora viuda, con tres hijas casaderas, que desde que llegamos a Varsovia los españoles no había dejado de preguntarnos a todos, por medio de intérpretes franceses, si sabíamos algo de un hijo suyo llamado Iwa, que vino a la guerra de España en 1808 y de quien hacía tres años no tenía noticia alguna, cosa que no pasaba a las demás familias que se hallaban en idéntico caso. Como Juan era tan zalamero, halló modo de consolar y esperanzar a aquella triste madre, y de aquí el que, en recompensa, ella se brindara a cuidar a Risas al verlo caer en su presencia atacado de la fiebre cerebral... Llegados a casa de la buena mujer, y estando ésta ayudando a desnudar al enfermo, Juan la vio palidecer de pronto y apoderarse convulsivamente de cierto medallón de plata, con una efigie o retrato en miniatura, que Risas llevaba siempre al pecho, bajo la ropa, a modo de talismán o conjuro contra los polacos, por creer que representaba a una Virgen o Santa de aquel país.
-¡Iwa! ¡Iwa! -gritó después la viuda de un modo horrible, sacudiendo al enfermo, que nada entendía, aletargado como estaba por la fiebre.
En esto acudieron las hijas, y enteradas del caso, cogieron el medallón, lo pusieron al lado del rostro de su madre, llamando por medio de señas la atención de Juan para que viese, como vio, que la tal efigie no era más que el retrato de aquella mujer, y encarándose entonces con él, visto que su compatriota no podía responderles, comenzaron a interrogarle mil cosas con palabras ininteligibles, bien que con gestos y ademanes que revelaban claramente la más siniestra furia. Juan se encogió de hombros, dando a entender por señas que él no sabía nada de la procedencia de aquel retrato ni conocía a Risas más que de muy poco tiempo... El noble semblante de mi honradísimo asistente debió de probar a aquellas cuatro leonas encolerizadas que el pobre no era culpable... ¡Además, él no llevaba el medallón! Pero el otro... ¡al otro, al pobre Risas, lo mataron a golpes y lo hicieron pedazos con las uñas! Es cuanto sé con relación a este drama, pues nunca he podido averiguar por qué tenía Risas aquel retrato.
-Permítame usted que se lo cuente yo... -dije sin poder contenerme.
Y acercándome a la mesa del coronel y del comandante, después de ser presentado a ellos por mis amigos, les referí a todos la espantosa narración del minero.
Luego que concluí, el comandante, hombre de más de setenta años, exclamó con la fe sencilla del antiguo militar, con el arranque de un buen español y con toda la autoridad de sus canas:
-¡Vive Dios, señores, que en todo eso hay algo más que una casualidad!
Almería, 1854.

Novela

La novela es una obra literaria en prosa en la que se narra una acción fingida en todo o en parte y cuyo fin es causar placer estético a los lectores. Con la descripción o pintura de sucesos o lances interesantes, así como de caracteres, pasiones y costumbres. La vigésimo tercera edición del Diccionario de la lengua española de la RAE la define de manera más general como una "obra literaria narrativa de cierta extensión" y como un "género literario narrativo que, con precedente en la Antigüedad grecolatina, se desarrolla a partir de la Edad Moderna". La novela se distingue por su carácter abierto y su capacidad para contener elementos diversos en un relato complejo. Este carácter abierto ofrece al autor una gran libertad para integrar personajes, introducir historias cruzadas o subordinadas unas a otras, presentar hechos en un orden distinto a aquel en el que se produjeron o incluir en el relato textos de distinta naturaleza: cartas, documentos administrativos, leyendas, poemas, etc. Todo ello da a la novela mayor complejidad que la que presentan los demás subgéneros narrativos.

Las bases de una novela son las siguientes:
  • Una narrativa extensa: las novelas tienen, generalmente, entre 60,000 y 200,000 palabras, o de 300 a 1.300 páginas o más.
Aquí radica la diferencia con el cuento. Existe una zona difusa entre cuento y novela que no es posible separar en forma tajante. A veces se utiliza el término nouvelle o novela corta para designar los textos que parecen demasiado cortos para ser novela y demasiado largos para ser cuento; pero esto no significa que haya un tercer género (por el contrario, duplicaría el problema porque entonces habría dos límites para definir en lugar de uno).
Hay otras diferencias entre novela y cuento: la novela aparece como una trama más complicada o intensa, con mayor número de personajes que además están más sólidamente trazados, ambientes descritos pormenorizadamente, etcétera.
  • Es de ficción, lo que la hace diferente de otros géneros en prosa como la historia o el ensayo.
  • En prosa, lo que la separa de los relatos ficticios extensos en forma rimada. No obstante, Eugenio Oneguin, de Aleksandr Pushkin, se considera una novela, aunque está en verso.

lunes, 22 de octubre de 2012

Cuento corto

El cuento es una narración breve de carácter ficcional protagonizada por un grupo reducido de personajes y con un argumento sencillo. No obstante, la frontera entre cuento largo y una novela corta no es fácil de trazar. El cuento es transmitido en origen por vía oral (escucha, lectura); con la modernización, se han creado nuevas formas, como los audiolibros, de manera que hoy en día pueden conocerlos, como antaño, personas que no sepan leer o que ya no puedan por pérdida de visión.
Partes del cuento
El cuento se compone de tres partes:

· Introducción, inicio o planteamiento: La parte inicial de la historia, donde se presentan todos los personajes y sus propósitos. Pero fundamentalmente, donde se presenta la normalidad de la historia. Lo que se presenta en la introducción es lo que se quiebra o altera en el nudo. La introducción sienta las bases para que el nudo tenga sentido.

· Desarrollo o nudo:Es la parte donde se presenta el conflicto o el problema de la historia, toma forma y suceden los hechos más importantes. El nudo surge a partir de un quiebre o alteración de lo planteado en la introducción.

· Desenlace o final: Parte donde se suele dar el clímax, la solución al problema y finaliza la narración. Incluso en los textos con final abierto, hay un desenlace.

El cuento presenta varias características que lo diferencian de otros géneros narrativos:
-Ficción: aunque puede inspirarse en hechos reales, un cuento debe, para funcionar como tal, recortarse de la realidad.
-Argumental: el cuento tiene una estructura de hechos entrelazados (acción – consecuencias) en un formato de: introducción – nudo – desenlace
-Única línea argumental: a diferencia de lo que sucede en la novela, en el cuento todos los hechos se encadenan en una sola sucesión de hechos.
-Estructura centrípeta: todos los elementos que se mencionan en la narración del cuento están relacionados y funcionan como indicios del argumento.
-Personaje principal: aunque puede haber otros personajes, la historia habla de uno en particular, a quien le ocurren los hechos.
-Unidad de efecto: comparte esta característica con la poesía. Está escrito para ser leído de principio a fin. Si uno corta la lectura, es muy probable que se pierda el efecto narrativo. La estructura de la novela permite, en cambio, leerla por partes.
-Prosa: el formato de los cuentos modernos (a partir de la aparición de la escritura) suele ser la prosa.
-Brevedad: por y para cumplir con estas características, el cuento es breve.

La ventana de la morgue

Los cinco muchachos se juntaron en la vereda y vigilaron hacia todos lados. Era casi media noche. Habían ido al desfile de halloween y pensaban seguir divirtiéndose mientras intentaban asustarse unos a otros.
En la vereda en la que estaban, se encontraba el fondo de un hospital, y estaban bajo la ventana de la morgue. Cerca de la ventana, que estaba ubicada a una altura considerable, había un árbol, y pensaban trepar por él para mirar hacia adentro.
Gerardo vio que una señora dobló en una esquina y caminaba rumbo a ellos.

- Viene gente - les advirtió a los otros, y enseguida miró hacia otro lado.
- Hay que esperar que pase - dijo otro de los muchachos.

La señora iba cruzando lentamente, y de pronto pareció acordarse, miró hacia la ventana y apuró el paso. En la ciudad casi todos habían escuchado alguna historia aterradora sobre aquella ventana, principalmente se decía que algunas apariciones observaban desde allí a la gente que pasaba por la vereda. También se decía que una voz aterradora llamaba a la gente por su nombre y lanzaba carcajadas.
La señora se perdió en la otra cuadra. Al ver que la calle estaba desierta se decidieron.

- ¿Quién sube primero? - preguntó uno.
- Yo - dijo Gerardo. Miró hacia lo alto del árbol, levantó un pie hasta una rama baja y empezó a trepar. Los otros lo observaban, volteaban hacia los extremos de la calle y se miraban unos a otros, intentando adivinar el grado de miedo que cada uno sentía.

Gerardo alcanzó el nivel de la ventana, se agarró con los dos brazos al tronco y, con los pies sobre una rama que temblaba bajo su peso, miró hacia el interior de la morgue.
Lo primero que vio fue la mesa de autopsias, que estaba vacía. Cerca de ella había cuatro mesas tipo camilla, y sobre una de ellas, cubierto con una sábana, se encontraba un cuerpo. Gerardo lo miraba cuando súbitamente el cuerpo se enderezó hasta sentarse, y seguidamente se quitó la sábana tirando de ella con las manos, y Gerardo vio que aquel muerto era igual a él, y el muerto lo miró y lo señaló apuntando su brazo.
Gerardo se estremeció tanto que sus pies resbalaron, y como se había soltado del tronco cayó al suelo y se rompió el cuello, muriendo allí mismo.
Una hora y media después, Gerardo estaba dentro de la morgue, y lo habían puesto sobre aquella mesa.

Cuento de terror

Daniel, siempre confundido por su infancia mantenía vagos recuerdos que trataba de hilar, a menudo se despertaba temblando conmocionado por las imágenes de abuso que en su almohada se tejían, sudaba frió tratando de comprender si eran recuerdos reales o solo ficción. Aunque cerraba sus ojos no podía volver a dormir.
Desde niño fue cariñoso con animales, y sus padres abusivos y descuidados le permitían tener infinidad, (creían que su falta de cariño podría ser cubierta por estos peludos seres), a menudo guiado por instintos humanitarios, rescataba a los gatitos y perritos que encontraba mal heridos en las calles aledañas, y descubrió que en sus manos tenia un don innato de salvar vidas, por lo cual convirtió su peculiar habilidad en su profesión. Su infancia transcurrió entre heridas y maullidos de dolor recurrentes en pesadillas que lograban tenerlo en vela.
A la edad de 19 años se convirtió en paramedico de la respetable institución Cruz Roja, había desarrollado, por su “hobbie”, un control total de sus emociones, ya no le causaba asco el ver sangre o contenido encefálico regado en el asfalto, lo mismo le daba ver un fémur roto por un choque, que un balazo en la cien.
Se empezó a hacer cada vez mas frió y seco, en vez de preocuparse por seguir haciendo lo que mejor hacia, se quedaba contemplando las heridas y ese olor a hierro que solo las grandes hemorragias desprenden, a veces se imaginaba en provocar accidentes para ver realizadas sus fantasías especificas, que únicamente en sus sueños había visto, quería tener al paciente perfecto a bordo de su ambulancia aquel que fuera un reto mantener vivo, lo llamaba su “orgasmo medicinal ”. Con cada va y ven de los ruidos de la sirena, se empapaban de sudor sus guantes de látex, la adrenalina de que esta vez fuera ese paciente, solo encontraba esas emociones cuando despertaba jadeante.
Harto de esperar varios años consumido por la ansiedad de su insomnio, decidió que esa noche de guardia encontraría a su paciente, de repente un ruido con voz de mando se escucho, sonó la radio de su unidad –¡Ambulancia 11!-
-Adelante, respondió con agitación, – diríjase a sulivan- , -Voy para allá!,.
Sulivan era un lupanar, un sinfín de prostitutas paraban las nalgas en espera de esos billetes que la llevaran al hotel por 20 minutos. Siempre había acción allí.

Prendió las luces de su ambulancia y ordeno a su operador que pisara a fondo el acelerador, tenía un extraño presentimiento.
Al llegar los escotes y minifaldas le indicaron donde se encontraba el convaleciente, subió las escaleras de un hotel derruido por la lujuria, un olor que conocía se hizo presente, al abrir la puerta no podía dar crédito a lo que veían sus ojos, era una escena salida de las penumbras de sus sueños, tras de el cerro la puerta, aquellas paredes de color blanco brillante se encontraban cubiertas por un rojo intenso y espeso alguien había empapado las paredes con sangre, ese olor a hierro que solo las grandes hemorragias desprenden se metió en su nariz provocándole que sus bellos se erizaran, se enfoco y comenzó su búsqueda, no estaba en la cama , ahí solo estaban restos de la macabra escena, instrumentos médicos que el conocía bien, de repente escucho unos sollozos provenientes del baño, se asomo para dar cuenta del lúgubre hallazgo, una mujer de piel blanca y cabellos ondulados yacía suspendida sobre la tina, amarrada de pies y manos con sus propios tendones, diseccionada por completo.
Estaban descubiertos sus órganos, era como un flotante libro de anatomía viviente, todos y cada uno de sus huesos estaban expuestos, todos sin fractura, de su cráneo colgaban de las cuencas oculares dos globos secos, los ojos desprendidos, que se movían de lado a lado sacudiéndose cada que una gota de la vieja regadera caía sobre la frente blanca y descubierta de lo que fue su hermoso rostro, ahora solo era cráneo, en las manos sobresalían los dedos descarnados, aun conservaban la unión articular que permitía a las uñas postizas zarandearse lentamente de agonía, los implantes de los senos colgaban hacia cada lado dejando expuesto un tórax que ya no tenia protección alguna hacia el corazón y pulmones. Esas alicatas de la cama habían hecho tan peculiar trabajo, los 8 metros de intestino se desbordaban a los lados y habían creado en el fondo de la tina un charco putrefacto lleno de moscas que no se inmutaban ante su presencia, estaba conectada a una solución salina , un suero que a pesar de la perdida de sangre funcionaba para mantenerla viva inyectando medicamentos, un deja vú de sus sueños golpeo su estetoscopio cuando le pregunto -Como te llamas?, sobresaltada, reconocio la voz y de su mandíbula desnuda, brillaron unos dientes pegados a una encía roja, con pánico e ira le grito–¡Ya mátame Daniel !, el se rió babeante y frenético, respondió excitado,
- Te pague por un orgasmo de 20 minutos y acabo de llegar.

Preguntas

¿Cuál es la finalidad de cuento para provocar en el lector?
R= una única respuesta emocional.

Mnenciona algunas características de la novela:
R= presenta un mayor número de personajes, más desarrollados a través de distintas historias interrelacionadas, y evoca múltiples reacciones emocionales.

¿De dónde deriva la palabra "uenta" y cuál es su significado?
R= Etimológicamente, cuento deriva de la palabra latina computum, que significa cálculo, cómputo, enumeración, clasificación,. De cálculo y enumeración pasó a significar la enumeración de hechos, y, por extensión, "cuento" significa recuento de acciones o sucesos reales o ficticios.

En la edad media europea ¿Qué suceso tiene para el cuento?
R= la Edad Media europea trasvasa a la Moderna el género cuentístico como creación absoluta de una individualidad con su propio rango de estructura literaria, autónoma, tan válida por sí misma como el poema, la novela o el drama”

¿Cómo define Carlos Mastrángelo el cuento?
R= 1.- Un cuento es una seria breve y escrito de incidentes;
2.- de ciclo acabado y perfecto como un círculo;
3.- siendo muy esencial el argumento, el asunto o los incidentes en sí;
4.- trabados éstos en una única e ininterrumpida ilación;
5.- sin grandes intervalos de tiempo y espacio;
6.- rematados por un final imprevisto, adecuado y natural.

¿Qué es un cuento?
El cuento es una narración breve de carácter ficcional protagonizada por un grupo reducido de personajes y con un argumento sencillo. No obstante, la frontera entre cuento largo y novela corta no es fácil de trazar

¿Qué tipos de cuento existen?
Cuento policíaco
Ciencia ficción
Cuento fantástico
Cuento de hadas
Cuento de terror
Cuento de suspenso
Cuento de humor
Cuento histórico
Cuento romántico
Microrrelato

¿Qué estructuras tienen el cuento?
tienen un titulo, un inicio o plantamiento,desarollo y un descenlace o un final.

¿Cuáles son las prinsipals características del cuento?
El cuento presenta varias características que lo diferencian de otros géneros narrativos:
Ficción: aunque puede inspirarse en hechos reales, un cuento debe, para funcionar como tal, recortarse de la realidad.
Argumental: el cuento tiene una estructura de hechos entrelazados (acción – consecuencias) en un formato de: introducción – nudo – desenlace.
Única línea argumental: a diferencia de lo que sucede en la novela, en el cuento todos los acontecimientos se encadenan en una sola sucesión de hechos
¿Qué tipos de cuentos en genero existen aparte?
Cuento popular y cuento literario

Tipos de Cuentos

El cuento presenta varias características que lo diferencian de otros géneros narrativos breves:

  • Narrativo: Una narración es el relato de unos hechos reales o imaginarios que les suceden a unos personajes en un lugar. Cuando contamos algo que nos ha sucedido o que hemos soñado o cuando contamos un cuento, estamos haciendo una narración.

  • Ficción: aunque en algunos casos puede basarse en hechos reales o ser una ficción de un marcado realismo, un cuento debe, para funcionar, recortarse de la realidad.
  • Argumental: tiene una estructura de hechos entrelazados (acción – consecuencias) en un formato de : introducción – nudo – desenlace.
  • Única línea argumental: a diferencia de la novela, en el cuento todos los hechos se encadenan en una sola sucesión de hechos.

  • Estructura centrípeta: todos los elementos que se mencionan en la narración del cuento están relacionados y funcionan como indicios del argumento.
  • Un sólo personaje principal: aunque puede haber otros personajes, la historia hablará de uno en particular, que es a quien le ocurren los hechos.
  • Unidad de efecto: comparte esta característica con la poesía: está escrito para ser leído de corrido de principio a fin. Si uno corta la lectura, es muy probable que se pierda el efecto narrativo. La estructura de la novela permite leerla por partes.
  • Brevedad: por y para cumplir con todas las demás características, el cuento debe ser breve.
  • Prosa: el cuento debe estar escrito en prosa, o sea con párrafos, sangrías y punto y aparte